Vamos a empezar provocando: Darwin fue un genio científico constreñido. Constreñido por sus ideas religiosas, por el ambiente opresivo de la Inglaterra victoriana, y al final de su vida, cuando publica  The descent of man and selection in relation to sex, por su propia herencia y historia familiar. Nunca publicó, por ejemplo, que la promiscuidad en animales, demostrable y medible a través de las fertilizaciones extraparentales, era un comportamiento que se daba tanto en machos como en hembras y que tenía un efecto directo sobre la varianza genética, aumentando la oferta para los procesos de selección natural.  Los detallados y minuciosísimos estudios de Darwin sobre la reproducción de los cirrípedos, sobre las palomas y las numerosas observaciones sobre las poblaciones domésticas de su primo, William Darwin Fox, párroco de Delamere en Cheshire, el cual tenía una especie de zoológico de animales de granja, no dejan lugar a la especulación: Darwin lo sabía, sabía de las consecuencias sobre la moralidad –y moralina- de sus conclusiones, y sobre todo las consecuencias sobre su propia familia. Un ejemplo: Las hembras de ganso común de su primo se cruzaban -además de con su pareja específica- con los machos de Ganso chino con los que cohabitaban en el zoo, a los cuales por algún gansístico motivo encontraban irresistibles, y generaban puestas mixtas, compuestas por pocos huevos de ganso común, y muchos más de ganso chino. Realmente no hay que hilar muy fino para entender y poder escribir, a la luz de la selección natural, sobre el proceso.

O bien calló, o su mujer y su hija le hicieron callar. Su peculiar abuelo Erasmus Darwin, evolucionista avant la lettre, fue además un entusiasta defensor de la infidelidad parental, la cual llegó a recetar como remedio para la hipocondría. Se sospechaba o se sabía en la familia que no fue un simple teórico de la fertilización extraparental, sino que la practicó con entusiasmo, y parece ser que dejó testigos por el camino: varios hijos e hijas ilegítimos. No es raro que en un momento en que la reputación familiar debía ser inviolable, Darwin anduviera con pies de plomo a la hora de escribir sobre un proceso que por una parte añadía variabilidad a la reproducción sexual –la fuente principal de variación- y por otra explicaba biológicamente –y por tanto justificaba en cierta manera como naturales, que no inevitables- la promiscuidad sexual y el sexo fuera de la pareja monógama.

Décadas de estudios fascinantes han demostrado que la promiscuidad y la fertilización extraparental están absolutamente extendidas en el reino animal, afectando en mayor o menor medida a todas las clases y órdenes, y en algunos casos alcanzando valores que permiten hablar de la norma más que de la excepción: más del 70% de las especies analizadas son promiscuas y por ejemplo el 55% de los pollos de Escribano palustre Emberiza schoeniclus descienden de padres extraparentales, y por tanto no de su padre putativo. El campo de estudio es fascinante, y ha permitido hablar desde los años setenta del siglo pasado de la competencia no solo entre individuos o genes, sino entre espermatozoides. La competencia espermática es el juego donde se dirime quien será el padre biológico, y los organismos invierten tiempo y “dinero biológico”, es decir, energía, en ganar la partida…sin descuidar el campo propio, ya que un exceso de esperma invertido en la vecindad puede suponer pasar poco tiempo en casa, y los otros machos también juegan.

Purple Martin

Dejadme acabar este breve post con los aviones púrpura americanos Progne subi. No es un nuevo modelo de avión invisible Stealth o un dron de última generación: es un ave de la familia de los hirundínidos, que incluye a las golondrinas y a los aviones, y vive en Norteamérica. Los aficionados a las aves americanos son auténticos adictos de la especie, a la cual atraen mediante cajas tipo casa que instalan sobre peanas en el jardín.

purplemartinhouse

 

El ave cría en ellos fácilmente y de forma comunal, y los americanos, felices, contemplan las idas y venidas de las aves en medio de una aparente pacífica y cooperativa vecindad. Casi nadie se atrevería a negar su monogamia: los hirundínidos han simbolizado como la Hera griega la familia y la fertilidad. Y en medio de este bucólico escenario, Gene Morton, ecólogo del comportamiento de la Smithsonian de Washington, decidió perversamente investigar si sus angelicales vecinos de jardín eran tan castos como se pensaba. Hoy en día todavía se encuentran citas en las que se describe a la especie como monógama http://www.purplemartin.org/main/mgt.html.

Comenzó por marcar con anillas de colores en la primera temporada a los pájaros de su jardín y de la vecindad y se dispuso a esperar pacientemente a la temporada siguiente. Tras la migración de primavera, comenzaron a aparecer los primeros aviones: todos machos. Tomaban posesión de una casa-nido y comenzaban a atraer a las hembras a medida que aparecían. Frente a los nuevos machos, ansiosos por hacerse con un “apartamento” en la casa-nido se mostraban extremadamente agresivos, expulsándolos sin contemplaciones. Pero cuando el macho alfa consolidaba su posición, obtenía pareja, copulaba y su hembra ponía huevos, el gañán, como afectado de bipolaridad, cambiaba su comportamiento: empezaba a aceptar a los jóvenes machos en busca de casa y les invitaba a ocupar uno de los nichos vacíos. Estos machos atraían a sus propias hembras y ponían sus propios huevos.

Morton se preguntó: ¿eran suyos esos huevos? Es decir, ¿eran los padres no meramente putativos, sino biológicos de las polladas que ayudaban a criar? Las técnicas de genética molecular estaban ya a su alcance para determinar mediante la huella dactilar genética, los marcadores específicos del padre y la madre y determinar la filiación. Los resultados fueron espectaculares: los machos alfa no solo eran los padres biológicos del 96% de sus propios pollos, sino del 50% (¡) de los pollos de los machos vecinos. Buen concepto de la hospitalidad, realmente.

Los estudios sobre la filiación, la competencia espermática y la promiscuidad en animales no han cesado desde los setenta, añadiendo capas de información y ejemplos sorprendentes que han servido para contestar a preguntas obvias –y otras no tanto- sobre uno de los aspectos de la selección natural más apasionantes. Queda por responder por qué nos fascinan precisamente estos estudios, pero en este caso seguro que Darwin no lo hubiera definido como “el misterio de misterios”. Los chistes del butanero están ahí para probarlo.

Pep Amengual

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