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Leí esta fascinante historia en un libro de Robert Sapolsky (“The trouble with testosterone”  1998. Touchstone, New York) y no he querido dejar de compartirla aquí. La historia tiene que ver con una especie de primate algo menos conocida que nuestros parientes cercanos (chimpancé, gorila, organgután),  el babuino o papión sagrado (Papio anubis). Los babuinos son monos de buen tamaño que habitan en amplias zona de sabana y bosque tropical en África. Son omnívoros oportunistas capaces de aprovechar numerosas fuentes de alimento, tales como frutas, raíces, tubérculos, y semillas; también son capaces de cazar pequeñas presas (ocasionalmente, una cría de antílope cae en sus manos). Se calcula que obtienen aproximadamente un tercio del alimento de la caza.

Los babuinos presentan una notable diferencia entre los sexos. Los machos son aproximadamente el doble de grandes que las hembras. Otra diferencia, menos aparente pero no menos importante, es el hecho de las hembras permanecen toda su vida en el grupo en donde nacen, mientras que los machos se transfieren a otro al llegar a la “adolescencia”. En términos técnicos, los babuinos son matrilocales. Esta situación (o la inversa, las hembras abandonan el grupo) es corriente entre los primates. Al parecer uno de los sexos tiene que emigrar para evitar la endogamia. Por ejemplo, entre los gorilas, los jóvenes machos son expulsados por el macho dominante en cuanto dan la primera muestra de madurez sexual. Sin embargo, entre los babuinos el proceso es, de alguna manera, “voluntario”. Al llegar a cierta edad, los jóvenes babuinos experimentan una irresistible fascinación por otros grupos de babuinos y un buen día se largan.

La transferencia entre grupos es un periodo particularmente delicado en la vida de cualquier macho de babuino. Ellos se van, pero el nuevo grupo puede tardar cierto tiempo en acogerlos y un babuino solo en la sabana es una presa fácil. Se sabe que la mortalidad durante este periodo aumenta enormemente. Una vez aceptado, el joven babuino se encuentra en el punto más bajo de la escala social. Desde ahí empezará a establecer relaciones, dar codazos (mordiscos) y poco a poco ascender en su carrera de babuino, lo que significa competir por estatus a cara de perro, siete días a la semana. En cambio, las hembras heredan directamente el rango de sus madres y éste no suele modificarse, de manera que no se ven inmersas en esa loca carrera por ascender y suelen establecer relaciones amistosas son otros individuos. Entre los machos, la amistad es un lujo inalcanzable dada la intensa rivalidad. Los babuinos macho no tienen amigos, como mucho aliados temporales.

Curiosamente, los investigadores que han estudiado a esta especie observaron que con bastante frecuencia se producen otras transferencias de grupo en las que el animal que se va es un macho de edad avanzada. Esto resultó sorprendente al principio. Si el proceso es peligroso para un individuo joven, lo es mucho más para uno viejo. Y el futuro que le espera tampoco es muy halagüeño ¿por qué iba querer un macho empezar de nuevo cuando las fuerzas le empiezan a fallar?

La respuesta parece estar en uno de los aspectos más oscuros de la naturaleza babuina. Se sabe que en la jerarquía social de estos animales, las interacciones se producen preferentemente entre individuos de rango parecido. El macho alfa vigilará cuidadosamente al número dos para evitar que le suplante, y el dos tendrá cuidado con lo que hace el tres, y así sucesivamente. Sin embargo, en algunos casos se vio que los machos dominantes tenían un número inesperado de interacciones con individuos de bajo rango. En estos casos, el individuo de bajo rango era invariablemente un macho viejo que había ocupado años atrás una posición alta en la jerarquía. Y la palabra “interacciones” es un eufemismo para decir que los machos dominantes le hacían la vida literalmente imposible. Como podía esperarse, los perpetradores de esta tortura habían sufrido en sus carnes la dominancia del macho viejo cuando eran jóvenes, y ahora le estaban pasando factura. Si eres un babuino, la sabana no es país para viejos. Así pues, la pregunta de por qué se van los viejos resulta fácil de contestar. En otro grupo las cosas no irán demasiado bien pero por lo menos serán individuos anónimos y les dejarán (relativamente en paz). Aproximadamente el 50% de los machos acaba emigrando.

Pero lo más interesante viene ahora. La etóloga Bárbara Smuts encontró que entre los machos que no emigraban al envejecer, algunos habían mantenido una conducta bastante diferente al prototipo de babuino ambicioso. Estos individuos habían establecido años atrás relaciones amistosas con otros individuos, invariablemente hembras. El término “amistad” puede parecer un antropomorfismo aplicado a estos primates, pero está definido estrictamente en términos del tiempo que ocupan dos individuos en despiojarse mutuamente, así como en la ayuda mutua en conflictos con otros miembros o frente a depredadores. Más aun, estos babuinos sabios habían abandonado hacía tiempo (o al menos, disminuido) su afán por ascender en la jerarquía y esta actitud da sus frutos en la la vejez. Los babuinos sabios se encuentran protegidos del acoso de los machos dominantes por sus “amigas” y por su “reputación” de individuos poco dominantes. No cabe duda de que esta estrategia es beneficiosa, a nivel individual, para los  que la practican. Lo que no está claro es si resulta beneficiosa en términos reproductivos.

¿Hay algo en esta historia que se pueda aplicar a nuestra especie? Al parecer, así es. De forma totalmente independiente, los psicólogos han estudiado las diferencias entre sexos con respecto a los que se ha denomina en inglés successful aging. Teresa Seeman y sus colegas de la Universidad de Yale han mostrado que hombres y mujeres difieren drásticamente en la calidad y número de relaciones amistosas que mantienen cuando llegan a una edad avanzada. Y este factor parece ser determinante: las relaciones amistosas simétricas y recíprocas suponen una considerable protección psicológica. Estos resultados son concordantes con otros muchos estudios que demuestran que las mujeres tienen mayor capacidad (y mayor tendencia) a establecer relaciones amistosas y a comunicarse.

Con frecuencia este tipo de estudios son malinterpretados. Es muy posible que haya diferencias de comportamiento innatas entre hombres y mujeres (como entre babuinos y babuinas) pero que sean innatas no quiere decir que no puedan cambiarse. Quiere decir que habrá trabajar más para cambiarlas. Igual que los babuinos sabios, los humanos ambiciosos tienen la opción de invertir más tiempo y esfuerzo en mantener relaciones amistosas  y menos en avanzar en sus carreras, para poder recoger los frutos más adelante.

Lo que nos están diciendo estos primos lejanos es que merece la pena tener un plan de pensiones en el terreno afectivo.

Sapolsky, R. (1996) American Journal of Primatology. 39:149-157.

Seeman, T. et al. (1994). Annals of Behavioral Medicine 16:95-.

Smuts, B. (1985) “Sex and friendship in Baboons” Aldine Pub., New York.

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