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Una fría mañana de marzo de 1870, el abate Gregor Mendel se disponía a trabajar en el huerto del monasterio de Santo Tomás de Brno. Lo cierto es que llevaba dos años sin coger la azada, absorbido como estaba en la administración del convento y en su eterna y sorda disputa con la jerarquía católica. Por supuesto, es inusual que un abad se ocupe personalmente del huerto monástico, pero Gregor Mendel era, bajo cualquier perspectiva, un monje inusual. Agobiado por sus tareas y por la tensión con sus superiores, la idea de dedicar una mañana a preparar la siembra debió parecerle asombrosamente apetecible. Tras los primeros golpes, la azada parece pesar más que de costumbre y cuando se agacha para arrancar unas malas hierbas, Mendel siente un dolor inesperado en su estómago ¿Qué ocurre? Sencillamente, en los últimos meses de actividad incesante pero sedentaria el buen abad  ha engordado mucho más de lo que esperaba. La frustración le invade igual que la fina lluvia que riega la campiña Moravia. Sus días de trabajo en el huerto experimental  han quedado atrás definitivamente. La frustración es mucho mayor debido al hecho de su carrera como científico ha sido paradójicamente un éxito sin precedentes y al mismo tiempo un fracaso absoluto. Con tristeza, el abad da unas breves instrucciones a un hermano lego y se retira a su despacho.

Entre los años 1855 y 1866 ocurrió un verdadero milagro en el huerto experimental del convento. En esos años, Mendel, un humilde monje agustino que daba clases de ciencias en un Instituto de bachillerato, había resuelto la pregunta del millón de dólares: por qué los hijos se parecen a los padres, en qué consiste el secreto de la herencia genética. La teoría dominante durante siglos explicaba vagamente que la “sangre” de los progenitores se mezclaba del modo en que se mezclan dos pinturas de diferente color. Sin embargo, los criadores de ganado sabían bien que las cosas no eran tan simples y que resulta difícil predecir las características de los  padres que heredará la descendencia. El éxito de Mendel, resumido en sus famosas  “leyes” se basó en un abordaje sumamente heterodoxo para su época. En primer lugar, elige una especie adecuada para hacer sus experimentos, en este caso una leguminosa (Lathyrus odoratus) empleada en jardinería. En segundo lugar, dedica varios años a obtener “líneas puras” a base de auto-polinizar sus plantas, consciente de que algunas veces los caracteres se “saltan” algunas generaciones y aparecen inesperadamente en los nietos estando totalmente ausentes en los padres. En tercer lugar, utiliza una aproximación matemática muy de su gusto pero totalmente inusual en los estudios botánicos del momento. Mendel resume sus descubrimientos en un artículo seminal y lo publica  en una revista menor (Mendel, G. 1866. Versuche über Pflanzen-Hybriden. Verhandlungen des naturforschenden Vereines in Brünn (Abhandlungen) 4: 3–47.  http://www.mendelweb.org/Mendel.html . )

Y sin embargo, y a pesar de presentar sus resultados en público en dos ocasiones, nadie parece estar haciendo el menor caso. Por lo menos, ninguno de los científicos de prestigio del momento. Resulta penoso leer la correspondencia entre Mendel y el afamado botánico suizo Nägeli. El gran hombre no le prestó la menor atención. A mediados del siglo XIX Moravia no era un lugar apartado ni Mendel era un individuo científicamente aislado. Al contrario, tenía buenas relaciones con muchos de los investigadores famosos del momento, como Doppler (el del famoso efecto), Schleiden y Virchow (teoría celular), Purjinke (descubridor de un tipo de neuronas que lleva su nombre), entre otros. El tema de la herencia genética era candente en aquellos tiempos. Mendel encontró la respuesta y nadie hizo caso ¿Por qué?

Los trabajos de Mendel fueron olvidados y desenterrados varias décadas más tarde. Irónicamente, si recordamos a Mendel es gracias a la disputa de tres investigadores que (probablemente) leyeron su trabajo y decidieron repetir los experimentos y presentarlos como una idea original: Hugo De Vries, Carl Correns y Erich Tschermak. En la pelea por conseguir el reconocimiento de tal hallazgo, Correns acusó a De Vries de haber plagiado a Mendel (reconociendo implícitamente que él había hecho lo mismo). La historia de la Ciencia está plagada de tipos listos; las personas decentes, por desgracia, no han sido tan abundantes.

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Otra fría mañana de marzo de 1954, la señora Mito se encontraba observando a los macacos japoneses (Macaca fuscata) de la reserva situada en la isla de Koshima, al sur del archipiélago de Japón. La señora Mito era la hija de un granjero contratada por el famoso primatólogo japonés Kinji Imanishi para hacer trabajo de campo con la colonia de macacos. Imanishi debió de pensar que la ausencia de una educación formal no era un inconveniente grave para esta tarea y probablemente acertó porque el descubrimiento de la señora Mito requería una forma de pensar poco ortodoxa.

Mito observó que una hembra de 18 meses, llamada Imo, hacía algo insólito para un macaco. Imo tomó una batata que los científicos habían dejado en la playa para alimentar a los simios, la llevó al mar y la lavó. Al principio lo hacía con bastante torpeza, pero pronto descubrió que si metía el tubérculo en el agua y lo frotaba suavemente podía eliminar completamente la arena. Imo consumió su batata, que tendría un sabor salado y pareció satisfecha.

Al principio sólo Imo tenía esta costumbre pero pronto la adquirirían otros miembros de la banda. Significativamente, la transmisión de este hábito coincidía con las líneas de parentesco y cercanía a Imo. Primero fue su madre, luego sus hermanas y otras hembras del grupo. Cinco años después, el 75% de la banda lavaba las batatas.. La señora Mito había entendido enseguida la importancia de esta observación y escribió al Dr. Imanishi y sus colegas, los cuales se desplazaron rápidamente a la isla para confirmarlo y hacer observaciones detalladas. La nítida idea de que la cultura es un rasgo exclusivamente humano empezaría a disiparse en ese momento, porque lo que había observado la señora Mito era, ni más ni menos, que la transmisión cultural de una pauta de comportamiento.

Lo más interesante es que los viejos machos dominantes nunca lavaron sus batatas en el mar. Al igual que los científicos contemporáneos de Mendel, nunca pudieron creer que un individuo que no fuera de un estatus parecido al suyo podía haber descubierto algo importante.

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