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Tengo una amiga mejicana restauradora y museóloga Maria Olvido Moreno Guzmán (http://www.mariaolvido.com.mx) que tiene una curiosa especialidad: arte plumario. Y en los últimos años ha tenido la suerte de trabajar en un objeto único que inspira leyendas, movimientos indigenistas y ha generado polémicas por su posesión: la pieza conocida como “El penacho de Moctezuma”.

Como nos ha visitado estos días, decidimos combinar un nuevo exceso culinario navideño con una charla suya igual de suculenta sobre el Penacho.

Imagínense un tocado de 1.30 x 1.80 m  con el que se podía danzar puesto durante horas.  Mis compañeros de blog aficionados a la ornitología quedarían deslumbrados ante la variedad, el color y la procedencia de las plumas. De entrada, unas 500 plumas cobertoras de la cola del quetzal macho de 90 cm de largo y de un color verde iridiscente, las azules del azulejo real, las rosadas de espátula rosa, las de color café rojizo del pájaro vaquero.  Las plumas denotaban rango y las del quetzal sólo le estaban permitidas a los tlatoani (gobernantes-sacerdotes) y a exitosos guerreros.

Estábamos a punto de imaginarnos decenas de aves desplumadas cuando María Olvido nos trasladó al zoológico de Moctezuma, situado en la antigua Tenochtitlán. La llamada totolcalli o “casa de las aves”, en la que estaban en cautiverio águilas reales y otras aves como las de rapiña, es descrita en varias fuentes del siglo XVI como un espacio en el que había de diez estanques de agua salada y dulce (para aves acuáticas), en un jardín muy hermoso con trescientos hombres a su cuidado. También se describe la “casa de las fieras”, que albergaba felinos tales como el jaguar. Nos consoló saber que las plumas para los ornamentos eran la pluma de muda que aquellos hacendosos sirvientes recogerían en su momento.

Y para añadir suntuosidad al Penacho, en su manufactura original se aderezaron más de cinco centenares de finas laminillas de oro en formas de media luna, discos y escamas, en sus partes inferior y central. Este material, muy apetecible para el saqueo, provocó que en la restauración de finales del siglo XIX las piezas de oro faltantes fueran sustituidas por otras de latón dorado.

Se desconoce su ruta de llegada al Tirol, sin embargo su pertenencia a una colección de un gabinete de “maravillas y curiosidades” de un aristócrata austriaco, está comprobada. Su historia en Europa incluye, entre otras cosas, el paso a propiedad estatal, el traslado por varios museos vieneses y una drástica restauración realizada a finales del siglo XIX cuando se encontraba enrollado, abandonado y con grandes pérdidas debidas al ataque insectos. Hasta principios del siglo XX su identificación había sido difícil, ya que en diferentes momentos se consideró un estandarte, un delantal o una capa. Hubo una notable pérdida al inicio de esta historia: la de un pico de oro que llevaba adosado según un inventario de la primera colección realizado en 1596.

También nos  habló Olvido con pasión de su trabajo de restauración en el Museo de Etnología de Viena realizado con su colega alemana Melanie Korn; de las dificultades iniciales de mover una pieza tan frágil; de entender y llegar a la estructura base y a los diferentes estratos; de estabilizar los desmanes del tiempo, las plagas, la rapiña y las manos inexpertas; así como de las modernas técnicas que aplicaron para su estudio desde la microscopía de barrido a la espectroscopía de infrarrojos.

Pero todo ello formará parte de un futuro post en que ella tomará la palabra. Mientras, entreténganse en pronunciar quetzalapanecáyotl o tocado de plumas de quetzal en náhuatl.

Y a la pregunta que todos tienen en mente, ¿es este realmente el penacho de Moctezuma?, mi amiga y sus colegas han respondido muchas veces: Moctezuma tenía muchos penachos. El emperador del imperio azteca podía permitírselo.

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