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Muchas veces me he quedado observando en el gimnasio al que acudo (aunque con menos frecuencia de la que me gustaría) unas misteriosas botellas azules que contienen un –supuestamente- maravilloso suplemento dietético: la L-carnitina. La etiqueta afirma que el consumo de esta sustancia ayuda eficazmente a perder peso, siempre que al mismo tiempo se realice un ejercicio físico adecuado, lo que constituye un reclamo eficaz: muchos de los esforzados usuarios del gimnasio tienen mucho interés en perder peso y están dispuestos a machacarse en la bicicleta elíptica, pero quizá no tanto en seguir una dieta estricta.

En primera instancia, los libros de Bioquímica parecen dar algún viso de credibilidad a la propuesta. La L-carnitina es necesaria para la entrada de ácidos grasos en la mitocondria, para su posterior utilización. Suministrar esta molécula en la bebida  podría facilitar la utilización de grasas durante el ejercicio lo que podría facilitar el adelgazamiento. Sin embargo, para que esto fuera así, la concentración de L-carnitina tendría que ser un factor limitante en el proceso de movilización de grasas; si el factor limitante fuera otro, por ejemplo el transporte de oxígeno al tejido muscular, la carnitina podría no tener ningún efecto. En definitiva, para estar seguros de su utilidad  es necesario hacer ensayos con grupos de voluntarios en condiciones controladas. Y naturalmente se han hecho unos cuantos ensayos.

Una incursión rápida en la literatura especializada me permite encontrar varios  artículos de revisión que concluyen sin demasiadas dudas que la L-carnitina no tiene los efectos que le atribuye la propaganda, lo que nos permite añadir  esta sustancia a la larga lista de “timos corrientes”, junto con la efedra y la hierba de San Juan. Reconozco que mi investigación bibliográfica en este caso ha sido bastante rápida y he podido saltarme publicaciones relevantes. Si algún lector quiere contribuir al debate, le ruego que lo haga enviando un pdf del artículo que contenga la evidencia experimental relevante. Si alguien ha utilizado individualmente la carnitina con aparente  éxito, debo recordarle que  la evidencia anecdótica no tiene (al menos para mí) la misma validez que la evidencia experimental.

Sin embargo, el problema con la carnitina no es simplemente que no sirva para adelgazar, sino que puede tener efectos secundarios negativos de considerable importancia. Al menos, esta es la conclusión de un trabajo reciente en la revista Nature Medicine. Lo que los investigadores han descubierto es que las bacterias presentes en el intestino son capaces de convertir la carnitina en óxido de trimetil amina (TMAO) y la presencia de esta sustancia en la sangre parece ser un indicador claro del riesgo cardiovascular. Seguramente habrá oído hablar del colesterol bueno y el malo y no del TMAO, pero es muy posible que esta última sustancia sea tema de conversación habitual en los próximos años, si estos resultados se confirman.

El verdadero problema radica en que la carnitina es muy abundante en productos cárnicos, particularmente en las carnes rojas, lo cual explicaría el vínculo entre el consumo de estos productos y la enfermedad coronaria. Abstenerse de utilizar un misterioso suplemento en venta en gimnasios y tiendas especializadas, es fácil. Renunciar al chuletón de buey, no lo es tanto.

Más interesante aun. Los investigadores trabajaron con voluntarios omnívoros y vegetarianos, y encontraron que las bacterias intestinales de estos últimos no metabolizaban la carnitina a TMAO, aunque se suministrara en grandes cantidades. Esto no es demasiado extraño. La microbiota intestinal depende en parte de la dieta. En el caso de los vegetarianos, sus bacterias no podían metabolizar carnitina porque esta sustancia no forma parte de su dieta habitual . Si los vegetarianos se volvieran omnívoros, su microbiota cambiaría eventualmente y acabaría generando TMAO.

El hecho de que sean las bacterias intestinales las originan el TMAO abre la puerta a investigaciones que pudieran aplicarse a evitar el fenómeno, ya que es posible modificar (hasta cierto punto) el tipo de bacteria intestinal que albergamos. En teoría, sería posible modular nuestra microbiota en este sentido, aunque queda bastante para poder siquiera pensar en una aplicación práctica. Tal vez se llegue en un fututro próximo a desarrollar un “kit” de bacterias buenas con las que inocularnos. Entretanto, lo razonable sería descartar la carnitina como suplemento, limitar (tal vez con dolor) el consumo de carnes rojas y seguir currándose moderadamente en el gimnasio.

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