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Resaca, indigestión, alguna discusión familiar: Estrés navideño. Pero cuando nos sentamos a las mesas tan bien abastecidas y profusamente decoradas de estos días, nunca adivinaríamos que no somos los únicos estresados en ese entorno.

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Empecemos por la roja flor de Pascua, la Poinsettia del adorno central; la preferimos como un ramo rodeando y esa forma se consigue gracias a la infección de la planta por un fitoplasma patógeno que produce el fenómeno de free-branching (algo así como producir  ramas a lo loco). Si optamos por una decoración floral menos tradicional, podemos encontrarnos con unas orquídeas de un intenso color violeta, gracias a la síntesis de  compuestos flavonoides de defensa frente al frío que sufrieron en la fase de floración

Si tienen algún generoso amigo húngaro o francés, quizás su regalo  haya sido un delicioso vino dulce para acompañar los postres navideños: Un Tokaji o un Chateau  de Sauternes. Son los codiciados vinos de podredumbre noble, que logran sus altos niveles de azúcar por una infección con un hongo –Botrytis cinerea– que deshidrata las uvas. De Centroeuropa -Austria o Alemania- podría haberle llegado también un ice wein (vinos de hielo) en los que se consigue el mismo efecto anterior gracias a la congelación de la uva en los fríos inviernos.

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http://es.wikipedia.org/wiki/Podredumbre_noble

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http://es.wikipedia.org/wiki/Vino_de_hielo

Las uvas que dieron origen al Rioja o al Ribera del Duero con que acompañaron las carnes de la cena también fueron un poco castigadas en origen, poco riego en la fase final del cultivo para concentrar el azúcar que fermentará luego.

Las uvas que sufrieron de sequía, de una infección fúngica o de frío, como las orquídeas o la Poinsettia infectada tienen algo en común con nosotros en estas fechas: Estrés, son plantas o frutos estresados.

¿Plantas que se estresan? Sí, por la acción de factores adversos que impiden su crecimiento y desarrollo, como son las temperaturas extremas, la sequía, la salinidad, el exceso y la falta de luz, la contaminación por metales pesados y una enorme variedad de infecciones por patógenos como virus, bacterias, hongos o herbívoros.

El concepto de estrés que  acuñó el siglo pasado, allá por los años treinta, Hans (János) Selye, un médico húngaro emigrado a Canadá en el periodo de entreguerras, ha demostrado ser válido para cualquier ser vivo. Cuando éste se enfrenta a un medio ambiente desfavorable, que supera con creces su capacidad de adaptación, experimenta un síndrome de estrés común, pero adaptado a su nivel de complejidad; evidentemente, un organismo que carezca de sistema nervioso, no podrá sufrir de estrés emocional.

En ocasiones he asistido en Budapest a congresos y seminarios donde nos encontrábamos los más diversos especialistas en estrés, desde los que trabajamos en patógenos de plantas a aquellos que lo hacían en niños traumatizados por contiendas bélicas.

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Las plantas, cuando están en presencia de un factor de estrés, activan señales de alarma para preparar toda su batería de mecanismos de defensa. Si sufren por temperaturas extremas, sintetizarán proteínas u otros compuestos de defensa frente al calor o el frío; si crecen a grandes alturas y están expuestas a fuerte radiación ultravioleta, producirán filtros contra esta radiación y, si las invade un patógeno, producirán una gran variedad de sustancias -entre ellas, el ácido salicílico- que tratarán de impedir que la infección se extienda. Frente al estrés, las plantas se endurecen, lo mismo que nosotros ante diversas formas de sufrimiento. Con ello, se trata de evitar el daño que el estrés produciría si la situación se prolonga o es muy intenso y se puede lograr la recuperación cuando el factor adverso desaparezca. Alarma, endurecimiento, recuperación; ésas son las distintas fases del estrés.

Una de las leyes generales del estrés es que es una cuestión de dosis y de tiempo.  Cuando estos días hayan brindado con la primera copa de alguno de nuestros excelentes tintos, quizás hayan pensado en su poder antioxidante y cardiosaludable pero si el número de copas aumentó, aquello pudo degenerar en una potente resaca. Pero al menos tenemos la ventaja de poder elegir entre una austera cata o una alegre borrachera: los efectos beneficiosos del tinto o los estresantes. Sin embargo, nuestras plantas tienen que aguantar in situ el acoso de los factores estresantes sin poder huir de ellos; si acaso mueven tímidamente las hojas ante la falta o exceso de luz o los cloroplastos u otros orgánulos dentro de su arquitectura celular. Así desde nuestras plantas domésticas hasta nuestros cultivos se defenderán de un ambiente hostil adaptando su metabolismo y sintetizando compuestos que le permitan su supervivencia. Muchas de esas sustancias (dejen escapar su imaginación)  servirán para nuestro disfrute, para mejorar nuestra salud o tendrán un interés económico múltiple.

En otra entrada de este blog invitaremos a algún colega para que nos cuente cómo el mundo vegetal puede guardar memoria del estrés sufrido y preparar defensas para el futuro, discutiremos los más recientes estudios sobre reacciones de las plantas al tacto o a las vibraciones y seguro que, en su serie sobre el color, Enrique Pérez nos proporcionará  vistosos ejemplos en plantas estresadas.

Entretanto, seguro que les tocará sentarse de nuevo a una mesa repleta y  con numerosos comensales para celebrar el 2014. Si no aguanta la conversación de su vecino de mesa, hágale un guiño cómplice a la estresada flor de Pascua que ocupa el centro.

Y como la contemplación de la belleza, debería ser un mecanismo de supervivencia frente a estrés en el año que se avecina, disfruten de la lluvia de Gemínidas.

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