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Es difícil imaginar que un convento sea un espacio de libertad para una mujer en el que pudiera desarrollar nuevas teorías científicas y menos si hablamos del siglo XI en el hoy territorio alemán de Renania-Palatinado.  Hildegard von Bingen (1098-1179) de origen aristocrático y la pequeña de diez hermanos, se consideró  el diezmo debido a Dios y destinada al claustro desde su nacimiento.

Recientemente, hice un pequeño peregrinaje a Disibodenberg, las ruinas del primer convento donde se internó Hildegard. Era una espléndida mañana del otoño alemán y trataba de alcanzar la colina rodeada de viñedos, que darían un excelente Riesling, en un camino organizado como una ruta de meditación y jalonado por máximas de la mística. Y cuando llegué a las boscosas ruinas repasé su vida.

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Visionaria desde temprana edad, la que afirma Yo miserable de mí y más miserable en nombre femenino vi desde mi infancia grandes maravillas que mi lengua no podría relatar, no duda en emanciparse con su comunidad de monjas del primitivo monasterio de monjes benedictinos para fundar un nuevo monasterio del que fue abadesa, no sin antes exigir la devolución de todas sus cuantiosas dotes.

En su nuevo monasterio de Rupertsberg hay una enfermería, un  huerto de hierbas medicinales y una farmacia para la elaboración de distintas fórmulas magistrales.  Sus hacendosas monjas pertenecen al fin y al cabo a esa larga tradición de mujeres curanderas, cuya sabiduría terminó junto con ellas siendo pasto de las llamas y la intransigencia.

Pero Hildegard, ya conocida como la “Sibila del Rin”, famosa por sus visiones  proféticas y sus viajes para predicar, llega a tener una gran influencia política que le permite hasta amonestar a papas (Eugenio III)  y emperadores (Federico I Barbarroja).

Hay una excelente película de Margaret von Trotta, VISION, que la retrata sufriente, visionaria, rebelde y mezcla de médico y boticaria; Barbara Sukowa, una de las actrices favoritas de Fassbinder, es la protagonista.

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Además de los libros de teología y mística en que relata sus visiones, escribe tratados de medicina y ciencias naturales – Physica, Causae et curae– sobre las propiedades de plantas, animales y piedras preciosas. Se extiende en las propiedades terapeúticas de las plantas y habla de la “energía verde”, concepto que para una investigadora en fotosíntesis como yo resulta bastante familiar. Sus teorías científicas se derivaban de la cosmología griega con la existencia de cuatro elementos con propiedades complementarias y cuatro humores. Defiende que la enfermedad perturbaba el delicado equilibrio entre los humores y que, comiendo la planta o el animal adecuado, se conseguía un cuerpo sano. Esto ya tenía mucho de revolucionario en una época en que la enfermedad se atribuía muy frecuentemente a desórdenes morales y comportamientos pecaminosos.

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Nuestra inquieta abadesa se atreve a más, habla de la función de los órganos sexuales, de la reproducción, describe las enfermedades sexuales y los hábitos de higiene para evitarlas. Una se imagina el rubor de las monjas amanuenses mientras transcribían sus escritos.

Escribe también de los estados de ánimos como la melancolía, las tendencias suicidas o la ira, desterrando la idea de que sean producto de la intervención del demonio y hasta propone dietas para controlarlos. La espelta, un cereal casi recién llegado a nuestro país y de consumo minoritario, era la base de muchas de ellas. Hoy se pueden encontrar en Alemania tiendas macrobióticas dedicadas a Hildegard, balnearios o casa de curas donde se siguen sus enseñanzas y su imagen en las panaderías junto a deliciosas galletas y panes de espelta.

Y además componía música: más de setenta obras litúrgicas y una ópera, aunque no había recibido educación musical alguna.

Se atrevió también a crear la primera lengua artificial de la historia, la Lingua ignota y por ello los esperantistas, militantes de una lengua universal, la escogieron como patrona.

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Alfabeto de Lingua ignota. Wikipedia

 No es de extrañar que en octubre de 2012 su compatriota Benedicto XVI, antes cardenal Ratzinger, decidiera tener una “Doctora de la Iglesia” más (4 frente a 31 doctos varones) y la incluyera en la lista. Otro compatriota, el astrónomo Max Wolf, ya le había dedicado un siglo antes un asteroide.  

Yo voy a hacerle ahora mi particular homenaje ojeando el precioso libro de Siruela  “Hildegard von Bingen. Vida y visiones”, me relajaré oyendo alguna de las composiciones  que incluye y lo acompañaré todo con café y una tostada de pan de espelta; eso sí, con una lonchita de jamón ibérico.

VISION http://www.youtube.com/watch?v=aEI1QrZINeg

Cantos para Santa Ursula http://www.youtube.com/watch?v=Dehwp_dRlYQ&list=RD02n9uMd1ap51A

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