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Llevaba apenas un par de semanas trabajando como post-doctoral en una universidad americana cuando tuve mi primer encuentro directo con la Corrección Politica. En una reunión con otros compañeros del departamento hice un comentario -ingenuo y desafortunado- sobre el hecho de que casi todos los finalistas olímpicos de 100 metros lisos fueran de procedencia africana (concretamente del Golfo de Guinea). A mí me parecía evidente que los genes tenían que ser un factor relevante para triunfar en esa disciplina. Mis colegas no se enfadaron. Debieron pensar que venía de un país increíblemente atrasado y que su deber era educarme. Así que me explicaron, hablando claro y despacio, como se habla a los niños, que los genes no tenían nada que ver en esto y era una cuestión de entrenamiento puro y duro.

Naturalmente no me convencieron. Que la aptitud deportiva depende en parte de los genes es evidente y esta afirmación no debería ser en absoluto polémica ¿Hay alguien que sostenga en serio que la estatura no es determinante para jugar al baloncesto a alto nivel? Y la estatura tiene una heredabilidad del 90%. Por supuesto, eso no quita que para ser campeón olímpico de cualquier cosa además haya que entrenar como un verdadero maniaco.

Sorprendentemente, la polémica sigue vigente (¿es que la discusión sobre genes o ambiente no se va acabar nunca?). Y, más sorpredente aun, la opinión generalmente aceptada hasta ahora se inclinaba por el lado ambientalista. Su principal valedor es  Malcolm Gladwell, autor de Outliers y creador de la teoría de las 10.000 horas. Segun esta teoría, la clave del éxito deportivo (y por extensión en cualquier disciplina) es practicar y practicar y practicar desde temprana edad hasta llegar a la cifra mágica de 10.000 horas. Las capacidades intrínsicas, esto es, los alelos particulares de cada individuo, serían totalmente irrelevantes.

El libro The Sports Gene de David Epstein mantiene exactamente la tesis opuesta y a lo largo de sus mas de 300 paginas revisa la evidencia científica (acompañada de muchas anecdotas) disponible sobre el tema. En este sentido puede decirse que se trata de un libro valiente y oportuno, que no tiene miedo de ir en contra de las convicciones aceptadas. La teoría de las 10.000 horas se deshace como un azucarillo en las primeras páginas del libro; hechos probados: 1) no todos los biotipos humanos son igualmente favorables para cada discpilina deportiva; y 2)  no todo el mundo responde igual al entrenamiento.

Concedido esto, debo decir que The Sports Gene esta escrito con el típico estilo periodístico anglosajón y que está mucho más centrado en anécdotas e historias personales que en hacer un análisis serio de la cuestión. La parte dedicada a los genes y a la fisiología humana es pequeña y superficial. Para un lector que no sea un fanático del deporte puede resultar aburrido. Por otro lado, el texto no responde a una estructura clara y se limita a navegar por las anécdotas y las ocasionales referencias a trabajos de investigación. Entiendo que la intención es hacer su lectura amena, pero a mí personalmente me resulta cansina. En definitiva, recomendable para los fanáticos del deporte y profesionales de la educación física; no tanto para un lector con intereses más generales.

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