Embriagado de amor,
conspirado en rojo vino,
arranqué la roja flor,
que una gota de sangre llevó su espino.

Cien metros de frondosa rosaleda rojo carmín adornan mi mirada y alegran mi espíritu cuando oteo a través de la ventana del salón. Pero, ¿qué es el rojo? Y ya puestos, ¿qué es el color? ¿También ven las rosas de color rojo mis vecinas del primero? Mi amigo Roberto es daltónico y hace años que se compró un láser de color azul para dar sus conferencias ya que él no vé el color rojo tan claro como otros colores. Entonces, ¿de qué color ve la sangre mi amigo? Y el vino, ¿de qué color vé el vino tinto? Oye, y ¿qué es el daltonismo? ¿Eso significa que el rojo de las rosas no es algo tan absoluto? Bah! qué tonterías dices; el rojo es el rojo; el verde, verde; el azul, azul. Gertrude Stein lo expresó magistralmente en su famoso aforismo “a rose is a rose is a rose is a rose.”

Detrás de algo tan cotidiano como el rojo de una rosa, o el rojo de la sangre que gotea cuando, al espontáneamente querer cortarla, una espina perfora la dermis de mi mano; detrás de una experiencia tan común que apenas pasa desapercibida, se encuentra toda una aventura de conocimiento que va desde la física del color, a su detección por nuestro sistema ocular, y su percepción por la sofisticada neurología del sistema visual. Una aventura para la que necesitamos meter en la mochila algo de física, algo de química, de óptica, de fisiología, de genética, de neurología y de sicología. Sin el concurso de todas estas disciplinas no nos sería posible entender cabalmente la percepción del color en toda su complejidad y belleza.

Ahora bien, como dice Sam Cooke en ‘Wonderful World’, quizá no sea necesario cargar con todo ese bagage de conocimiento formal para disfrutar del color del mundo. Y, con toda seguridad, la noción de que podemos percibir, entender, poderosamente el color viene sustentada por una larga tradición de los grandes artistas del color; tantos maestros que a lo largo de la historia han sabido interiorizar el color y expresarlo profundamente, desde las cuevas de Altamira, el barroco de Murillo, el surrealismo de Dalí, el luminismo de Sorolla o el sol del membrillo de Antonio López, todos ellos han ‘entendido’ el color, sin la necesidad de tanta ciencia formal. Como seres sensibles hemos evolucionado para hacer provechosa la percepción, y para disfrutarla; y sin embargo, esto no es incompatible con el placer del conocimiento. El saber sobre el cómo y el porqué de nuestras experiencias no las hace más anodinas, sino antes bien al contrario, doblemente disfrutables. Sirvan estas breves palabras de invitación preámbulo para explorar juntos el color en la naturaleza en sucesivos encuentros futuros en esta página.

OjoCamaraEl proceso de ‘ver’ es mucho más que la ‘simple’ óptica del aparato ocular. A menudo se compara el ojo con una cámara fotográfica, con su lente de entrada, su pupila de apertura variable (el diafragma), la óptica de enfoque, y el detector; que en el ojo tienen su contrapartida en la córnea, la pupila/iris, el cristalino y la retina. Cada uno de estos elementos y su funcionamiento en conjunto son un precioso ejemplo de evolución, tan interesante que el ojo se ha inventado independientemente varias veces a lo largo de la evolución en diferentes especies (como en la ortiguilla de mar, en el pulpo o en el ser humano); incluyendo la más reciente en forma de cámara fotográfica. (Entre paréntesis diremos que la reinvención de una misma función de manera totalmente independiente se conoce como convergencia evolutiva.)

VisionCerebroY sin embargo, la ‘verdadera’ percepción del color está en el cerebro. El ojo se encarga de detectar los estímulos visuales externos y transformarlos en impulsos nerviosos (los detectores de color en la retina son los conos, principales autores de la fototransducción), que se propagan a través del nervio óptico, en un alarde de virtuosismo de entrecruzamientos bi-laterales, hasta el núcleo geniculado lateral (NGL, una especie de estación intermedia de procesamiento), desde donde la información se propaga a diferentes zonas del cerebro, pero sobre todo a la corteza visual primaria (CVP) en la parte trasera del cerebro. Claro que toda la travesía de la información luminosa, desde que penetra a través de la córnea hasta que los impulsos nerviosos llegan a la CVP puede y se ve afectada por las particularidades fisiológicas y genéticas de cada uno, pero es el cerebro el que da sentido a estos impulsos en un proceso positivamente activo de recreación (de invención creativa) de la realidad externa. Queda mucho por entender sobre las bases fisiológicas de la percepción del color, pero en la actualidad parece claro que el análisis y la codificación del color no está separada de la de los otros atributos visuales primarios, como la forma o el movimiento. Y aunque hemos mencionado algunas zonas del cerebro que juegan un papel especial en la percepción del color (como el NGL o la CVP), la visión del color emerge a través de la actividad combinada de las neuronas en múltiples áreas.

Dedicaremos parte de estas páginas en futuras entradas a dar paseos a través de las distintas disciplinas de la mano del color; de cómo se produce en la naturaleza, y de cómo lo percibimos. Desde aquí les invito a hacerse preguntas sobre el color y a trasladárnoslas, para que juntos disfrutemos del color del paisaje en nuestros paseos.

K. R. Gegenfurtner & D. C. Kiper, 2003, Annu. Rev. Neurosci. 26, 181

http://www.nature.com/nrn/journal/v6/n3/fig_tab/nrn1630_F4.html

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