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pablozarco

Los adictos a la serie americana de televisión Homeland saben cómo la vida del atormentado marine protagonista, rescatado de su cautiverio en Irak, cambió tras el ataque con drones a un poblado iraquí. Los drones (del inglés dron, abejorro) son cada vez más numerosos en los cielos y la polémica sobre su uso, más frecuente en los medios. A estos vehículos aéreos no tripulados manejados por control remoto, que van desde plataformas de decenas de metros a helicópteros de 10 cm pasando por sofisticadísimas libélulas  o colibríes mecánicos, se les adjudican las misiones más diversas: Vigilancia de fronteras, del tráfico marítimo y aéreo, estudio de  volcanes sobrevolando sus nubes tóxicas,  y hasta recientemente la canciller Merkel propuso su utilización para frenar la invasión por grafittis de los vagones del ferrocarril alemán.

Para todo ello, van equipados  de distintos tipos de sensores, como son las cámaras de infrarrojo que van a detectar cambios en la temperatura de su entorno.  De esta forma, los investigadores del Quantalab del Instituto de Agricultura Sostenible del CSIC en Córdoba detectaron los fuegos subterráneos  de las tablas de Daimiel debidos a la autocombustión de la turba del subsuelo. Las mismas fueron usadas por científicos de la Universidad de Granada para describir el efecto Pinocho: cuando mentimos, se nos enfría la nariz.

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Pero nuestros cultivos, aquellos que nos dan de comer, no mienten. Cuando sufren de sequía, su temperatura aumenta debido al cierre de unos diminutos poros de las plantas, los estomas.  Por esas aberturas, las plantas transpiran y entonces se refrescan pero si los cierran para ahorrar agua,  las plantas  se transforman en febriles al desarrollar una temperatura más elevada.

Drones, incluso de fabricación española, equipados con sensores térmicos entre otros, sobrevuelan nuestros campos y las imágenes de infrarrojo que obtienen, traducidas a una escala de falsos colores que actúa como termómetro,  sirven para el diagnóstico de las necesidades de un cultivo.  Estos pacíficos drones van a detectar de forma temprana qué  zonas de nuestros campos sufren de estrés vegetal cuando se ven sometidos a una temperatura, niveles de irradiación, de metales pesados o de otros elementos contaminantes que superan con mucho sus capacidades de adaptación.  En todos estos casos, estos chivatos celestes descubrirán zonas febriles de los cultivos que también aparecen cuando éstos se infectan con todo un ejército de  patógenos presentes en su medio como virus, bacterias y hongos o plagas en forma de voraces insectos y sus larvas.  Como verán, los humanos compartimos la fiebre como síntoma de defensa y diagnóstico con las plantas que nos alimentan.

Tras sus vuelos, estos eco-drones pueden facilitan a los agricultores mapas muy coloristas que clasifican su cultivo según sus necesidades de mayor o menor riesgo, de fertilizantes o de fitosanitarios para evitar o combatir plagas. Es lo que se conoce como agricultura de precisión que reportaría beneficios económicos y medioambientales.

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Las posibilidades de diagnóstico se incrementan con el número de sensores con que se les equipa.  La salud de un cultivo y de la vegetación en general no se mide sólo por sus cambios en temperatura sino también por cómo maneja toda la luz solar que recibe para hacer fotosíntesis.  Si navegan en su ordenador entre las espectaculares imágenes del Observatorio de la Tierra de la NASA verán diversos mapas globales de continentes y océanos con información sobre su temperatura, abundancia de vegetación o de fitoplancton y contenido de clorofilas o productividad de ambos. Los satélites que los obtienen van equipados de sensores multi e hiperespectrales con sistemas fotográficos que van a recoger  las señales emitidas por nuestras grandes superficies fotosintéticas terrestres y acuáticas, analizando la radiación emitida a distintas longitudes de onda y transformándola en imágenes de enorme utilidad y a veces de gran belleza.

 Estos “ojos” de los satélites son similares  a los de los drones y si queremos cuantificar con ellos el estado de un cultivo acudiremos a principios tan simples como el que explica por qué las plantas son verdes: Porque absorben fundamentalmente la radiación roja y azul del espectro solar gracias a la clorofila y reflejan la verde. Parámetros como la reflectancia en el verde son la firma espectral de una vegetación saludable. Imágenes térmicas o de reflectancia de grandes zonas agrarias le darán al agricultor una información sobre lo heterogéneo de las necesidades de sus tierras y satisfacerlas “a la carta” le ahorraría tiempo y dinero. Las obtenidas con los pequeños vehículos aéreos no tripulados presentan la ventaja frente a las de los satélites de una mayor  resolución y detalle.

Una compañía mejicana comercializa drones, que filman en un radio de varios kilómetros, con un precio cercano a los 600 dólares “para su uso por artistas, arquitectos, científicos o agricultores”.  Y los drones ya han aterrizado en el mundo del arte con exposiciones como Movable borders: here come the drones,  que se ha exhibido en Londres recientemente.  En ella pueden encontrar desde un vídeo sobre la vida privada de un dron, hasta trabajos artísticos que reflexionan sobre cómo estos espías celestes influirán en cómo nos relacionamos entre nosotros y con nuestro medio.  Y ya hay bares en la capital británica donde pequeños drones llevan al cliente su pedido.

Y les dejo porque creo que se están acabando las ofertas para comprarme un pequeño video-helicóptero por unas decenas de euros; aunque estoy dudando si me sería más útil la tarántula mecánica.

http://earthobservatory.nasa.gov/GlobalMaps/

http://www.furtherfield.org/programmes/exhibition/movable-borders-here-come-drones#works

http://quantalab.ias.csic.es/

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