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La respuesta es… ciento cincuenta como máximo, de acuerdo con un trabajo, ya clásico, del antropólogo Robin Dunbar (Universidad de Oxford, UK). Esta cifra ha recibido ya la denominación informal de número de Dunbar.

Imagino sus protestas. Es posible que piense que uno necesita amigos hasta en el infierno, y sin son más de 150 mucho mejor. Puede que su lista de contactos de Outlook tenga un número mayor y su página de Facebook otro aún mayor ¿Qué quiere decir este número? Permítanme explicarlo.

Lo que quiere decir Dunbar es que existe un número de máximo de relaciones sociales significativas; personas que nos importan realmente, con las que queremos pasar tiempo juntos;  en definitiva … amigos y no simples conocidos. Personas a los que felicitamos en su cumpleaños y somos razonablemente capaces de predecir sus reacciones en muchas situaciones.  Pero ¿por qué debe existir un límite? Y ¿por qué 150?

Dunbar y sus colaboradores estudiaron la relación entre el tamaño del grupo y el tamaño de neocórtex en diversas especies de primates. El neocórtex  es la parte del cerebro que más claramente se asocia con el pensamiento consciente y  la más reciente desde el punto de vista evolutivo, siendo relativamente más importante a medida que nos aproximamos desde los monos al linaje humano. Lo que encontraron estos investigadores es una relación muy directa entre ambos parámetros: cuanto más listo es el simio mayor es el tamaño del grupo en el que vive por término medio (véase el gráfico adjunto).

Existen buenas razones para que algunas especies se beneficien de la vida social. La defensa frente a depredadores y una mayor eficacia a la hora de localizar el alimento son dos de las razones frecuentemente esgrimidas. Es sabido que muchos primates que habitan en zonas áridas, como los babuinos y mandriles,  son sumamente vulnerables como individuos aislados, pero como grupo pueden plantar cara incluso a leopardos y hienas.

Pero esta indudable ventaja se ve empañada por un inconveniente insoslayable: nos vemos obligados a compartir muchas cosas con otros miembros del grupo. Por ejemplo, el alimento y (en el caso de los machos) el acceso a las hembras. Por eso decía Sartre que el infierno son los demás. Para un animal de este tipo, su medio social es tremendamente importante; sus opciones de defensa, alimento y reproducción están condicionadas por su capacidad de interaccionar adecuadamente con sus pares. Y para moverse en este universo cambiante y escurridizo de alianzas, concesiones, engaños y venganzas,  es necesario un cerebro poderoso que nos permita asimilar y procesar la ingente cantidad de información necesaria para el éxito social.

Esta es la denominada  “Teoría de la Inteligencia Maquiavélica”. Para un individuo perteneciente a una especie eminentemente social no hay vida fuera del grupo. Los individuos socialmente inteligentes se reproducirán más y dejarán sus astutos genes a sus espabilados descendientes, que de nuevo, serán seleccionados en función de sus habilidades sociales. La teoría afirma, pues, que existe una gran presión selectiva para la inteligencia social en estas especies, de aquí el rápido crecimiento del neocortéx al que aludía antes.

Si extrapolamos el gráfico de la figura adjunta a nuestra especie, obtenemos el número típico de los grupos humanos: el número de Dunbar, que si tenemos en cuenta la variabilidad frecuente en la naturaleza, estaría más bien entre entre 100 y 200.

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Cuando Dunbar y sus colaboradores examinaron el tamaño de muchos tipos de organizaciones  sociales pasadas y presentes, el número de Dunbar empieza a asomar en todas partes. Por ejemplo, la unidad de combate en la mayoría de los ejércitos, es decir una compañía suele oscilar alrededor de 120-130 individuos, tanto como tenían las antiguas manípulas de las legiones romanas. Por ejemplo, el tamaño medio de las aldeas neolíticas de Oriente medio, así como el de las aldeas de la Inglaterra sajona cumpliría con el mencionado guarismo. Otro tanto ocurre con las comunidades religiosas fundamentalistas en USA (amish y huteritas), las cuales dependen fuertemente de la presión social sobre todos los miembros para mantener su extraño y rígido modo de vida.

A partir de este número mágico, afirma Dunbar, los grupos humanos pierden cohesión porque nuestros cerebros no son capaces de procesar más información social con el suficiente nivel de detalle, de la misma manera que para ejecutar un software muy complejo se necesita un ordenador con suficiente velocidad de procesador y memoria RAM.

Sin duda, se trata de una idea interesante y sexy, pero también tiene un buen número de puntos débiles. En primer lugar, la idea parte de una correlación entre el tamaño del grupo y el tamaño del neocórtex. La correlación parece muy robusta pero no es suficiente para hablar de relación causa efecto. En segundo lugar,  por lo que sabemos de los humanos en su estado “natural”,  los cazadores-recolectores no se asocian siempre en grupo de 100-200 individuos. Hay casos bien documentados de grupos menores y también de grupos mayores; por supuesto, también hay casos que coinciden con el intervalo de Dunbar. Con respecto a las sociedades modernas, la evidencia de que 200 represente un umbral claro no es conclusiva en mi opinión. Es obvio que cualquier organización se hace más compleja a medida que aumenta el tamaño, pero la lista de ejemplos que cita Dunbar no tiene valor probatorio y tiene mucho de “cherry-picking” (seleccionar los datos para llegar a la conclusión estadística decidida de antemano).

Sin ánimo de embarcarme en un estudio sistemático, y sólo por curiosidad, le pregunto, querido lector por si quisiera contestarme: ¿cuántos amigos tiene?

El paper de Dunbar

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